Mirarse al espejo y ver las encías rojas puede parecer un detalle menor, pero no siempre lo es. El color y el aspecto del tejido gingival suelen reflejar lo que ocurre en la boca: cuando aparece enrojecimiento, hinchazón o sangrado, normalmente hay una razón detrás, desde una irritación puntual hasta el inicio de una enfermedad de las encías.

La causa más frecuente es la acumulación de placa bacteriana, una película que se forma de manera constante sobre los dientes. El cepillado y la limpieza entre piezas ayudan a retirarla, pero si la placa permanece junto a la línea de la encía, el tejido se irrita. Con el tiempo puede endurecerse y convertirse en sarro, un depósito que no se elimina en casa y que requiere limpieza profesional. Ese círculo de placa, inflamación y sangrado es el camino más habitual hacia la gingivitis.

Lo llamativo es que, al principio, el problema puede pasar casi desapercibido. La gingivitis suele cursar con encía inflamada, roja o violácea y que sangra con facilidad, pero con poco dolor. También puede aparecer mal aliento, sensibilidad al tacto, un aspecto brillante del tejido o pequeñas úlceras. Esa ausencia de molestias intensas favorece que se normalice el síntoma y se retrase la consulta.

Señales de alerta y cuándo consultar

No todas las encías rojas significan lo mismo, por eso importa la evolución y el conjunto de señales. Si el enrojecimiento aparece tras un cepillado demasiado enérgico, el uso incorrecto de un cepillo interdental o una pequeña lesión, puede mejorar en pocos días al corregir el hábito y mantener una higiene cuidadosa. En cambio, conviene pedir valoración cuando el sangrado se repite, la inflamación no cede, aparece dolor al masticar, persiste un mal sabor, o se observan encías que se retraen y dejan ver dientes más largos de lo normal.

La razón es que la gingivitis puede revertirse con tratamiento y buenos cuidados en casa, pero si se mantiene puede progresar hacia periodontitis, una fase más avanzada en la que se dañan los tejidos que sostienen el diente y puede existir pérdida de soporte óseo. Entre los signos que aconsejan una consulta sin demora están la presencia de pus entre diente y encía, la movilidad dental, nuevos espacios entre piezas, o un dolor que deja de ser ocasional. También deben vigilarse las úlceras que no se resuelven y los parches rojos persistentes en la boca.

Además de la higiene insuficiente, existen factores que aumentan el riesgo. El tabaco destaca por su relación con la enfermedad periodontal y por dificultar la respuesta al tratamiento. A esto se suman la diabetes, los cambios hormonales, ciertos medicamentos que reducen el flujo de saliva, algunas enfermedades sistémicas y la predisposición genética. Incluso elementos locales, como dientes mal alineados, bordes ásperos de empastes o aparatos dentales mal ajustados, pueden favorecer la retención de placa y la inflamación mantenida.

En consulta, el profesional revisa dientes y encías, comprueba si hay placa o sarro y, si lo considera necesario, mide las bolsas alrededor de los dientes con una sonda. En una boca sana, esas bolsas suelen ser poco profundas; cuando aumentan, el hallazgo orienta a enfermedad periodontal. En algunos casos se apoya en radiografías para valorar si existe pérdida de soporte óseo y para decidir el abordaje más adecuado.

El tratamiento se ajusta a la gravedad, pero el objetivo es común: controlar la infección y romper el círculo de acumulación de placa, inflamación y sangrado. En fases iniciales suele bastar con una limpieza profesional y una mejora real de la higiene diaria, con cepillado dos veces al día con pasta con flúor, limpieza interdental regular y revisiones periódicas. Cuando hay depósitos bajo la encía, puede indicarse una limpieza más profunda destinada a retirar sarro y bacterias adheridas y a facilitar la cicatrización.

También es importante considerar hábitos que mantienen la irritación. Un cepillo demasiado duro, una técnica agresiva, el uso irregular del hilo dental o la limpieza interdental, y el abandono de las revisiones favorecen que el problema reaparezca. A esto se suma la boca seca, que reduce la protección natural de la saliva y puede facilitar la inflamación. Por eso, además de tratar el episodio, conviene reforzar una rutina estable: higiene constante, atención a cualquier sangrado repetido y seguimiento profesional cuando sea necesario.

En definitiva, las encías rojas no son un diagnóstico por sí mismas, pero sí una señal útil. Cuando se acompañan de sangrado frecuente, inflamación marcada, dolor, mal aliento persistente o dientes que se aflojan, la recomendación es no esperar: una evaluación a tiempo aumenta las probabilidades de revertir el proceso y evitar complicaciones.