Una sonrisa luminosa se ha convertido, para muchas personas, en un símbolo de cuidado personal. El problema aparece cuando esa aspiración deja de ser estética y pasa a ocupar un lugar desproporcionado, con revisiones constantes frente al espejo, comparación con imágenes idealizadas y la sensación de que el tono “nunca es suficiente”. Ese fenómeno tiene nombre, blancorexia, y cada vez se menciona con más frecuencia en el ámbito de la salud bucodental.
La blancorexia se describe como una obsesión por conseguir dientes cada vez más blancos, incluso cuando la dentición ya es sana y el color está dentro de la normalidad. Suele ir acompañada de una percepción distorsionada, quien la padece tiende a verse los dientes más oscuros de lo que realmente están, lo que alimenta insatisfacción y ansiedad. A partir de ahí, es fácil entrar en una espiral de tratamientos repetidos o de atajos poco seguros.
El contexto actual ayuda a entender por qué se extiende. La presión estética se cuela en anuncios, series y redes sociales, donde abundan sonrisas sobreexpuestas, retocadas o filtradas. Al compararlas con el color real, que siempre tiene matices, muchas personas interpretan como “defecto” lo que, en realidad, es normalidad. A eso se suma el acceso sencillo a productos blanqueadores sin control clínico y a remedios caseros que prometen resultados inmediatos.
Expectativas realistas y riesgos que conviene conocer
Un punto clave es comprender cómo funciona el blanqueamiento. Los tratamientos con peróxidos pueden aclarar manchas externas e internas, pero no permiten elegir el tono como si se tratara de una carta de colores, y el resultado depende de la causa del oscurecimiento, la edad, la higiene y hábitos como el tabaco, el café o el vino tinto. En muchos casos, mejorar dos o tres tonos ya produce un cambio visible y natural. Buscar un blanco extremo no solo puede ser irreal, también puede resultar poco armónico con el color de la piel, el blanco de los ojos o el conjunto de la dentición.
Además, no todo lo que se ve “blanco” es necesariamente más saludable. Parte de la frustración llega cuando se confunde el brillo con el color, o cuando se olvida que las restauraciones como empastes, coronas o carillas no se blanquean del mismo modo que el diente natural. Esto puede generar desigualdades de tono y aumentar la presión por repetir procedimientos sin necesidad, con el consiguiente desgaste emocional y económico.
Los riesgos se concentran en dos frentes, el biológico y el conductual. Desde el punto de vista de la boca, el abuso de blanqueadores, especialmente fuera de supervisión profesional, puede favorecer sensibilidad dental, irritación de encías y molestias en tejidos blandos. Estos efectos adversos pueden aparecer incluso cuando el procedimiento se hace correctamente y suelen ser temporales, pero se agravan cuando se insiste de forma repetida o con cantidades inadecuadas de gel.
En el plano conductual, la blancorexia empuja con frecuencia hacia métodos agresivos. El uso de bicarbonato, limón u otros productos abrasivos puede erosionar el esmalte, irritar encías y aumentar la sensibilidad, a veces sin que el daño sea evidente al principio. También se ha popularizado el carbón activado en pastas y polvos “blanqueadores”. Aunque puede arrastrar manchas superficiales por su efecto mecánico, su eficacia real para lograr un blanqueamiento comparable al clínico es limitada y existe preocupación por su abrasividad si se utiliza de manera insistente, con riesgo de desgaste y exposición de dentina.
Hay otro aspecto menos visible, la repetición. En consulta se suele recomendar espaciar los blanqueamientos profesionales y valorar cada caso de forma individual. Como orientación general, se habla de intervalos de entre 2 y 5 años, dependiendo de hábitos, higiene y tendencia a mancharse. Acortar ese margen sin supervisión puede incrementar la sensibilidad y favorecer el deterioro progresivo del esmalte, además de mantener viva la sensación de que siempre falta un paso más.
La prevención, por tanto, no consiste en renunciar al cuidado estético, sino en reordenarlo. Aceptar el tono natural como punto de partida es una forma de realismo, igual que asumir que con el paso del tiempo el diente puede oscurecerse ligeramente por cambios del esmalte y la dentina. Mantener una higiene adecuada, realizar limpiezas profesionales periódicas y limitar, cuando sea posible, la exposición frecuente a pigmentos ayuda a sostener el resultado sin convertirlo en una meta inalcanzable.
Cuando la preocupación por el color se vuelve constante, afecta a la autoestima o lleva a probar productos de forma compulsiva, el consejo es acudir a un profesional para una valoración completa. En ocasiones, detrás hay manchas específicas que se pueden tratar con seguridad, y en otras el problema principal es la expectativa, no el diente. En ambos casos, una orientación rigurosa puede devolver la perspectiva, priorizar la salud bucodental y, a la vez, conseguir una sonrisa más cuidada sin caer en extremos.