La caída de los dientes de leche suele vivirse como un hito del crecimiento, pero también plantea dudas muy concretas en casa, qué edad es la habitual, si existe un orden “correcto”, o cuándo conviene preocuparse. La respuesta, en la mayoría de los casos, es tranquilizadora, el recambio dental forma parte del desarrollo y sigue un patrón bastante predecible, aunque con variaciones individuales.
Por lo general, los primeros dientes temporales empiezan a aflojarse alrededor de los 6 años, y ese inicio puede retrasarse aproximadamente un año sin que necesariamente signifique un problema. A partir de ahí, el proceso se extiende durante varios cursos escolares, con una idea clave de fondo, el niño no solo cambia piezas, también crecen los maxilares y se preparan para alojar una dentición definitiva de mayor tamaño.
Los dientes de leche cumplen una función que va más allá de masticar o ayudar en el habla, sirven como “guías” y mantienen el espacio para los dientes permanentes. Por eso, cuando llega el recambio, suele respetarse una prioridad. Lo habitual es que caigan antes los incisivos centrales inferiores y superiores, después los incisivos laterales, más tarde los primeros molares, y ya en la etapa final los caninos y los segundos molares, estos últimos suelen desprenderse entre los 10 y 12 años. En torno a los 13 años, la mayoría de niños debería contar ya con la dentición permanente completa.
Qué ocurre en la encía, cómo actuar y cuándo consultar
El motivo por el que un diente temporal se “suelta” no es un misterio, cuando el diente definitivo está listo para erupcionar, se inicia la reabsorción de la raíz del diente de leche. Esa raíz se va disolviendo progresivamente hasta desaparecer, y el diente queda prácticamente sostenido por el tejido de la encía que lo rodea. De ahí esa sensación de movilidad que suele durar días, a veces semanas, y que forma parte del proceso normal.
Cuando finalmente se desprende, puede aparecer una pequeña hemorragia. En la mayoría de ocasiones se controla con una medida simple, presionar con una gasa limpia sobre la zona durante unos minutos, sin manipular en exceso. También se recomienda evitar escupir con fuerza inmediatamente después, porque puede reactivar el sangrado. Si hay molestia, el frío local con un paño húmedo frío aplicado con suavidad puede aliviar la zona, y los enjuagues con agua tibia y sal pueden contribuir a mantener una higiene adecuada mientras la encía termina de cerrar.
Conviene, además, fijarse en el diente que cae y en el hueco que queda. A veces el diente se desprende con parte de la raíz ya reabsorbida y su aspecto puede parecer “extraño”, más corto o irregular, lo esperable en un recambio fisiológico. En cambio, si el niño refiere dolor intenso persistente, si el sangrado no cede o si se observa inflamación marcada, es prudente pedir valoración profesional para descartar una infección o una lesión asociada.
El punto en el que los especialistas suelen insistir es la pérdida prematura. Si un niño pierde un diente de leche demasiado pronto por un golpe o por una caries profunda, el espacio vacío puede cerrarse por desplazamiento de los dientes vecinos. Ese movimiento altera la erupción del diente permanente y favorece el apiñamiento o una mala oclusión, con problemas que más adelante pueden requerir tratamientos más largos. Por eso, cuando la caída ocurre antes de los 3 o 4 años, se considera un motivo claro para consultar.
En esos casos, una solución habitual es el mantenedor de espacio, un dispositivo diseñado para conservar el hueco hasta que erupcione el diente definitivo. Además de evitar desplazamientos, permite vigilar el desarrollo dental y actuar a tiempo si aparecen signos de desalineación. La idea no es “poner algo por poner”, sino proteger una fase delicada del crecimiento en la que unos milímetros pueden condicionar cómo se colocarán las piezas permanentes.
Los golpes, por su parte, merecen una lectura cuidadosa. Un diente astillado, si la fractura es superficial, puede no ser una urgencia inmediata, pero sí conviene que lo evalúe un profesional, especialmente si el niño es pequeño. Cuando la rotura alcanza capas internas y deja expuesta la dentina, el riesgo de deterioro aumenta y la reparación suele ser más prioritaria. Si tras un traumatismo el diente queda flojo, con sangrado de encía, hinchazón o molestias al masticar, lo recomendable es acudir a revisión, porque a veces se requiere seguimiento y, en determinadas circunstancias, una radiografía para descartar afectación del diente permanente en formación.
También puede ocurrir que, tras un golpe, un diente temporal se oscurezca y adopte un tono grisáceo o marrón. Ese cambio de color puede corresponder a un fenómeno similar a un hematoma interno del diente. Puede atenuarse con el tiempo o permanecer, y aunque en un diente de leche no siempre implica un problema grave, sí es una señal que justifica exploración para confirmar que no existen daños subyacentes.
Finalmente, la prevención sigue siendo la mejor herramienta para que el recambio se desarrolle sin sobresaltos. Iniciar la higiene bucal desde la salida del primer diente, reforzar el cepillado al menos dos veces al día con supervisión adulta cuando sea necesario, limitar alimentos y bebidas azucaradas y mantener revisiones periódicas reduce el riesgo de caries profundas y, con ello, la probabilidad de pérdidas tempranas. Con ese cuidado, los dientes temporales cumplen su función hasta el momento adecuado, y los permanentes encuentran el camino más despejado para durar toda la vida.