La caries dental suele infravalorarse hasta que aparece el dolor, pero su alcance es mucho mayor. Se considera una de las enfermedades no transmisibles más frecuentes y afecta a millones de personas en todo el mundo. Además de las molestias, puede derivar en dificultades para masticar, alteraciones del sueño, pérdida de piezas dentarias y un descenso claro de la calidad de vida.

Su inicio, sin embargo, acostumbra a ser silencioso. El proceso se activa cuando la placa bacteriana permanece sobre el diente y utiliza los azúcares presentes en alimentos y bebidas. Ese metabolismo genera ácidos capaces de disolver minerales del esmalte, lo que se conoce como desmineralización. En esta fase temprana puede apreciarse una mancha blanca, y todavía existe margen para frenar, e incluso revertir, parte del daño si se reduce la exposición al azúcar, se mejora la higiene y se asegura una exposición suficiente a flúor, por ejemplo mediante el cepillado con pasta fluorada.

Si la agresión química se repite, el esmalte se debilita, se rompe y aparece la cavidad, un daño permanente. Los síntomas suelen llegar después, sensibilidad al frío, al calor o a lo dulce, dolor localizado, manchas blanquecinas o marrones, y, en casos avanzados, infecciones que pueden evolucionar a abscesos con inflamación y fiebre. La diferencia entre una lesión incipiente y un tratamiento complejo muchas veces está en detectar el problema pronto.

Azúcar, saliva y flúor, la ecuación que marca el riesgo

El factor dietético más ligado a la caries es el consumo de azúcares, tanto por cantidad como por frecuencia. El problema no es solo “cuánto”, sino cuántas veces al día se expone el diente a esa bajada de pH que favorece el desgaste del esmalte. Cada toma, especialmente si se prolonga o se “pica” durante horas, mantiene activa la producción de ácido en la placa y deja al esmalte en una situación de mayor vulnerabilidad.

Ahora bien, el azúcar no actúa en solitario. La saliva funciona como defensa continua, arrastra restos, amortigua la acidez y participa en la remineralización. Cuando disminuye, por determinados medicamentos, enfermedades o tratamientos, el riesgo aumenta. También hay momentos de especial exposición, como en la infancia, si se mantienen hábitos nocturnos con bebidas azucaradas, o en personas mayores con encías retraídas, donde quedan superficies radiculares menos protegidas.

La distribución de la caries tiene, además, un componente social que no conviene ignorar. El acceso desigual a revisiones periódicas, a medidas preventivas y a productos de higiene adecuados, junto con una oferta alimentaria que facilita el consumo frecuente de azúcar, contribuye a que una enfermedad prevenible siga generando una carga sanitaria relevante. De ahí que la prevención no sea solo una cuestión individual, sino también de educación y de hábitos sostenidos.

En la prevención diaria, el flúor es una pieza central. Refuerza el esmalte y lo hace más resistente a los ácidos, por lo que se recomienda cepillarse dos veces al día con pasta fluorada, con una técnica cuidadosa, sin prisas, limpiando todas las caras del diente. El cepillado debe llegar también a la línea de la encía, porque ahí la placa se acumula con facilidad. Además, la higiene interdental completa el trabajo, ya que los espacios entre dientes son uno de los puntos donde la caries y la inflamación gingival se instalan con más frecuencia.

En consulta existen medidas preventivas especialmente útiles en personas con riesgo aumentado. Los selladores en molares posteriores ayudan a proteger las superficies de masticación, donde los surcos profundos retienen placa con facilidad. También pueden indicarse aplicaciones profesionales de flúor en determinadas circunstancias, como historial de caries repetidas, cambios en la saliva o dificultades para mantener una higiene eficaz.

Cuando la caries ya ha avanzado, el abordaje depende de la profundidad. En lesiones iniciales puede bastar un refuerzo preventivo y cambios de hábitos para favorecer la reparación parcial del esmalte. Si hay cavidad, suele ser necesario eliminar el tejido afectado y restaurar el diente con una obturación. Cuando la infección alcanza la pulpa, el tratamiento se complica y puede requerir endodoncia, y en los casos más graves, la extracción.

Por eso, más allá del tratamiento, el mensaje clave es sencillo: la caries no aparece de un día para otro y, en su fase temprana, ofrece una ventana de oportunidad. Reducir la frecuencia de azúcares, mantener una higiene constante con pasta fluorada, cuidar la hidratación y acudir a revisiones permite cortar el problema antes de que se convierta en dolor, infección o pérdida del diente. Una prevención bien hecha es discreta, pero se nota con los años.