La salida de los primeros dientes en un bebé suele empezar con un margen amplio de variación. En muchos casos, el primer diente temporal aparece alrededor de los 6 a 8 meses, aunque el calendario puede adelantarse o retrasarse sin que, por sí solo, sea motivo de alarma. Lo relevante no es tanto el día exacto, sino observar cómo se encuentra el niño y qué signos acompañan el proceso.
En la mayoría de bebés, la dentición no provoca un dolor intenso constante, pero sí una incomodidad intermitente. Es habitual notar encías sensibles, algo más inflamadas en la zona donde está erupcionando el diente, aumento del babeo y una mayor necesidad de morder o llevarse objetos a la boca. Esa conducta no es caprichosa, responde a una forma natural de buscar presión sobre la encía para aliviar el malestar. A veces, además, el sueño se altera y el bebé se muestra más irritable, sobre todo por la tarde o durante la noche.
Conviene, además, poner en contexto algunos síntomas que se atribuyen con facilidad a la salida de los dientes. Puede aparecer un ligero aumento de la temperatura, pero una fiebre alta, especialmente si supera los 38 ºC, no se considera propia del proceso y merece otra lectura. Lo mismo ocurre si el bebé está decaído, rechaza las tomas de forma mantenida o presenta signos claros de enfermedad. No todos los dientes “molestan” igual, y cuando erupcionan piezas más grandes, como los molares, es frecuente que la incomodidad sea mayor, pero sin perder de vista que un cuadro general importante no debería explicarse solo por la dentición.
Medidas útiles en casa y remedios que conviene evitar
Cuando el bebé está inquieto y se aprecia sensibilidad en la encía, las medidas más eficaces suelen ser sencillas y mecánicas. Un masaje suave con el dedo limpio, o con una gasa humedecida, durante uno o dos minutos, puede reducir la molestia gracias a la presión localizada. Es una intervención breve, repetible y, si se hace con cuidado, bien tolerada por la mayoría de niños.
También pueden ayudar los mordedores adecuados para la edad. El objetivo es que el bebé muerda un material seguro, resistente y fácil de limpiar. A menudo se recomienda enfriar ligeramente el mordedor en la nevera antes de ofrecérselo, porque el frío moderado puede disminuir la inflamación y aliviar el escozor. Conviene evitar extremos, no es buena idea congelar estos objetos ni aplicar hielo directamente sobre la encía, porque el tejido es delicado y podría irritarse o lesionarse. La pauta más sensata es usar frío suave y siempre con supervisión.
Otra opción casera, si se mantiene la higiene, es ofrecer una toallita limpia, humedecida y enfriada en el frigorífico, que el bebé pueda morder bajo vigilancia. En cualquier caso, la norma general es la misma, nada que pueda desprenderse, fragmentarse o quedarse pequeño hasta el punto de convertirse en un riesgo de atragantamiento.
Si el malestar es claro, si el descanso se rompe de manera persistente o si el bebé no se calma con medidas físicas, lo prudente es consultarlo con el pediatra para valorar el uso de un analgésico adaptado a su edad. En la práctica, se emplean opciones habituales como paracetamol o, en determinados rangos de edad, ibuprofeno, pero siempre siguiendo indicación profesional y sin improvisar dosis. En bebés, el margen de seguridad importa más que en cualquier otra etapa.
En paralelo, hay remedios populares que conviene evitar por prudencia. Los geles anestésicos aplicados sobre la encía, especialmente si incluyen ciertos anestésicos locales, pueden tener riesgos relevantes en menores y no se consideran una primera opción. Si se plantea algún producto tópico, lo recomendable es hacerlo únicamente bajo consejo sanitario, porque en esta edad la absorción y los efectos adversos son una preocupación real.
También es preferible prescindir de accesorios de dentición que se llevan al cuello o a la ropa sin control estricto. Más allá de si “funcionan” o no, el problema es de seguridad, y existen riesgos evitables, como atragantamiento o estrangulamiento, si se usan de forma inadecuada o durante el sueño. El alivio no debería comprometer la protección del bebé.
Un detalle que suele pasar desapercibido es el efecto del babeo continuo. La saliva, al estar en contacto constante con la piel, puede irritar la zona alrededor de la boca, la barbilla e incluso el cuello. Secar con suavidad, cambiar baberos con frecuencia y proteger la piel con una crema barrera sencilla ayuda a prevenir rojeces y pequeñas dermatitis, que también pueden aumentar la irritabilidad.
Por último, conviene diferenciar entre incomodidad por dentición y un proceso que exige revisión. Fiebre alta, diarrea persistente, vómitos, decaimiento marcado, rechazo mantenido del alimento o señales de dificultad respiratoria no deberían atribuirse a los dientes. En esas circunstancias, lo recomendable es solicitar valoración médica, porque la causa probablemente sea otra y detectarla a tiempo es lo más importante.