Los implantes dentales están diseñados para integrarse en el hueso y funcionar como un diente más, con una apariencia estable y unas encías de aspecto sano. Sin embargo, cuando el tejido que rodea al implante se inflama de forma persistente o aparecen signos de supuración, el problema deja de ser una simple molestia y pasa a ser una señal clínica que conviene valorar cuanto antes.

En odontología se habla de enfermedades periimplantarias para describir las alteraciones inflamatorias que afectan a la mucosa y, en casos más avanzados, al hueso que sostiene el implante. La diferencia no es menor, la mucositis periimplantaria se limita a los tejidos blandos y, con un abordaje precoz, puede revertir, mientras que la periimplantitis se asocia a inflamación de la mucosa y pérdida progresiva de hueso, con riesgo real de comprometer la estabilidad del implante.

Por eso, más allá del malestar puntual que puede existir en determinados momentos, la clave está en observar la evolución. Lo esperable es que el área tienda a la normalidad, no que empeore o se mantenga inflamada sin cambios. Cuando el dolor aumenta, la encía se ve cada vez más enrojecida, o el sangrado aparece con facilidad al cepillado y no remite, lo prudente es entenderlo como un aviso y buscar una revisión profesional.

Señales que deben poner en alerta

El primer indicador que suele repetirse en las definiciones clínicas es el sangrado alrededor del implante, especialmente durante el cepillado o al pasar dispositivos de higiene interdental. Puede ir acompañado de enrojecimiento, hinchazón y sensibilidad local. En la mucositis, estos hallazgos pueden existir sin que haya pérdida ósea apreciable, pero aun así son relevantes, porque marcan inflamación activa y un mayor riesgo de progresión si no se corrige el origen.

Un escalón más preocupante es la supuración, la salida de pus o exudado, a veces con sabor desagradable, así como la aparición de bolsas más profundas en el margen de la encía. Estos signos apuntan a un proceso infeccioso más establecido. También puede observarse recesión de la encía, con mayor exposición de componentes del implante, y molestias al masticar o a la presión, sobre todo si el área está inflamada desde hace días o semanas.

La pérdida de hueso no siempre se percibe a simple vista, por eso el control radiográfico forma parte del seguimiento cuando hay sospecha clínica. Las radiografías permiten comparar la situación actual con revisiones previas y comprobar si el soporte óseo se está reduciendo. Conviene matizar que no todo cambio óseo aislado significa enfermedad por sí solo, el contexto importa, y la interpretación debe hacerse junto a los signos de inflamación, el sangrado y la supuración.

Entre los signos tardíos, el que más condiciona el pronóstico es la movilidad del implante. A diferencia de un diente natural, un implante no debería moverse. Si se aprecia movilidad, suele indicar una pérdida importante de soporte o un fallo de la integración con el hueso, lo que obliga a una valoración inmediata, porque el problema puede estar avanzado.

En cuanto a las causas, el factor principal suele ser la acumulación de placa bacteriana alrededor del implante, especialmente en zonas de difícil acceso o cuando la higiene no es constante o eficaz. A esto se le pueden sumar circunstancias que aumentan el riesgo, como el tabaquismo, ciertas enfermedades metabólicas que afectan a la respuesta inflamatoria, antecedentes de problemas periodontales o diseños protésicos que dificultan la limpieza diaria.

Cuando surge la sospecha, el siguiente paso no es “esperar a ver si se pasa”, sino una evaluación clínica completa. La exploración suele incluir una revisión visual detallada, sondaje alrededor del implante para comprobar si hay sangrado o supuración, medición de la profundidad de las bolsas, y comparación con registros anteriores si existen. También se recurre a pruebas de imagen para valorar el nivel de hueso y confirmar si hay cambios compatibles con un proceso periimplantario más avanzado.

El enfoque del tratamiento depende del estadio y de la extensión del problema. En fases iniciales, el objetivo es controlar la inflamación y reducir la carga bacteriana con higiene dirigida, técnicas profesionales de descontaminación y ajustes en hábitos. Cuando ya hay pérdida ósea significativa, el abordaje puede requerir procedimientos más complejos, y en situaciones de fracaso, puede ser necesario retirar el implante. La idea clave es sencilla, cuanto antes se actúe, mayores son las opciones de frenar el proceso y preservar la estabilidad a largo plazo.