La extracción de una muela del juicio sigue siendo una de las intervenciones dentales que más dudas genera. Es comprensible: el tercer molar está situado al fondo de la boca, puede salir en mala posición, quedar parcialmente cubierto por encía o empujar a la pieza vecina. Esa combinación alimenta la idea de que “tiene que doler”. Sin embargo, lo habitual es que el dolor no sea el protagonista durante la extracción en sí, sino en la fase de recuperación.
Conviene separar sensaciones. Durante el procedimiento se utiliza anestesia local para adormecer la zona, de modo que no debería sentirse dolor. Lo más frecuente es notar presión, movimientos y cierta tensión mandibular mientras se trabaja alrededor del diente. En personas muy nerviosas o cuando se prevé una intervención más laboriosa, el equipo puede valorar opciones para mejorar el confort, como la sedación, y en situaciones concretas se recurre a técnicas más profundas en un entorno hospitalario.
Antes de extraer, se revisa la posición de la muela y su relación con otras estructuras. Si el diente ha erupcionado por completo, la extracción suele ser más directa. Si está incluido o impactado (es decir, atrapado bajo la encía o en el hueso), puede requerir una pequeña incisión, retirar una mínima cantidad de hueso y, en ocasiones, dividir la pieza en fragmentos para sacarla con seguridad. Al finalizar, es común colocar puntos de sutura, a veces reabsorbibles, y la herida se protege con el coágulo que se forma en el alvéolo, una parte clave de la cicatrización.
Del postoperatorio inmediato a la vuelta a la normalidad
Cuando desaparece el efecto de la anestesia es cuando suelen aparecer las molestias. En las primeras horas puede haber un sangrado leve y sensación de tirantez. Después, lo esperable es inflamación y dolor de intensidad variable, con un pico que muchas personas notan durante los primeros días y que normalmente empieza a mejorar a partir del segundo. Puede sumarse rigidez al abrir la boca, sensibilidad en la zona e incluso algún hematoma en la mejilla, sobre todo cuando la extracción ha sido más compleja.
El tiempo de recuperación no es idéntico para todo el mundo. En extracciones sencillas, mucha gente retoma actividades habituales en poco tiempo, aunque conviene evitar esfuerzos físicos intensos al principio. Si la muela estaba incluida o fue necesario trabajar más sobre el hueso, las molestias pueden prolongarse y la inflamación tardar varios días en remitir. En general, la evolución tiende a ser progresiva: cada día debería notarse un poco mejor, aunque haya altibajos.
Los cuidados tras la extracción buscan proteger el coágulo y reducir la inflamación. Durante las primeras horas, suele recomendarse mantener una gasa si hay sangrado y evitar enjuagues fuertes o escupir con energía. En la alimentación se priorizan texturas blandas y temperaturas templadas, evitando comidas muy duras o que puedan quedarse incrustadas en la herida. La higiene también es importante: se mantiene el cepillado con cuidado, sin traumatizar la zona, y se pueden indicar enjuagues suaves cuando corresponda. Para controlar el dolor se utilizan analgésicos habituales según pauta profesional y las circunstancias de cada paciente.
Existe una complicación característica que explica buena parte de los relatos de dolor intenso: la alveolitis seca. Ocurre cuando el coágulo se pierde o no se forma bien y el hueso queda expuesto. Suele aparecer a los pocos días, no siempre de inmediato, y puede dar un dolor punzante que se irradia hacia el oído o la sien, a veces acompañado de mal olor o sabor. Algunos hábitos aumentan el riesgo, como fumar, y también conductas que pueden desplazar el coágulo, por ejemplo beber con pajita o realizar enjuagues enérgicos en los primeros días. En estos casos, el manejo debe ser profesional, con limpieza de la zona y medidas para aliviar el dolor y favorecer la cicatrización.
También puede presentarse infección, aunque no es lo más común: el dolor empeora en lugar de mejorar, aparece fiebre, secreción o una hinchazón que progresa. En intervenciones difíciles existe además un riesgo pequeño de irritación de nervios cercanos, lo que puede causar hormigueo o entumecimiento en labio, barbilla o lengua, generalmente de forma temporal. Ante señales de alarma, como sangrado persistente, fiebre, dolor severo que no cede con la medicación indicada o inflamación que va en aumento, lo prudente es consultar cuanto antes.
En definitiva, con anestesia adecuada la extracción no debería doler, aunque sí puede sentirse presión. La parte más delicada suele ser el posoperatorio, que acostumbra a ser manejable si la intervención se planifica bien y se siguen las indicaciones de cuidado. El objetivo no es “aguantar”, sino facilitar una recuperación ordenada y reducir el riesgo de complicaciones.