Hay problemas de salud oral que avanzan sin hacerse notar. La necrosis ósea maxilar puede comenzar con una molestia difusa, una encía sensible o una herida que no termina de cerrar. No siempre aparece dolor al inicio y, por esa misma discreción, a veces se identifica cuando ya ha progresado.

La explicación es directa, una parte del hueso del maxilar o de la mandíbula pierde su vitalidad, habitualmente porque el riego sanguíneo no es suficiente. El tejido se vuelve frágil, puede quedar expuesto a través de la encía y, al estar en contacto con la flora oral, se infecta con mayor facilidad. Además, los maxilares soportan microtraumatismos diarios al masticar, lo que complica la cicatrización cuando algo falla.

En los últimos años se habla más de esta patología porque ciertos tratamientos médicos y algunas intervenciones dentales habituales pueden favorecer su aparición en pacientes predispuestos. En ese grupo, una extracción o un implante requieren una planificación cuidadosa. El riesgo suele ser mayor con dosis elevadas usadas en algunos tratamientos oncológicos, y menor con dosis habituales para osteoporosis, aunque no es inexistente.

Qué la provoca, cuáles son los riesgos, y qué señales no conviene pasar por alto

Entre los factores asociados destaca el uso de fármacos que alteran el metabolismo óseo, como los bifosfonatos y otros antiresortivos indicados en osteoporosis y en algunos contextos oncológicos. Al modificar la remodelación del hueso, la reparación tras una agresión puede ser más lenta o insuficiente. También es relevante la radioterapia en cabeza y cuello, capaz de afectar vasos y tejidos y reducir la capacidad de cicatrización. Con menos frecuencia, se describen casos vinculados a infecciones óseas no tratadas, traumatismos importantes y problemas vasculares o autoinmunes.

El riesgo aumenta en personas con osteoporosis severa y tratamientos prolongados, en quienes reciben terapias oncológicas a dosis elevadas, en pacientes con radioterapia maxilofacial previa y en quienes presentan diabetes mal controlada o inmunodepresión. A estos factores generales se suman los locales, enfermedad periodontal avanzada, mala higiene, infecciones dentales persistentes o prótesis que generan heridas repetidas.

Las señales de alerta suelen ser concretas. Dolor persistente en mandíbula o maxilar sin causa clara, inflamación y enrojecimiento de encías, supuración, mal olor mantenido, movilidad dental inesperada, fístulas, o una cicatrización que se retrasa tras una cirugía oral. Cuando aparece hueso expuesto, la sospecha es mayor, pero no todos los casos debutan con esa imagen.

El diagnóstico debe hacerse con cautela porque varias patologías se parecen. Infecciones profundas, lesiones periodontales avanzadas o úlceras por traumatismo pueden imitar el cuadro. La valoración se apoya en la exploración clínica y en pruebas de imagen para estimar la extensión. En situaciones concretas, cuando persisten dudas o el cuadro está avanzado, puede ser necesario analizar tejido para confirmar.

El tratamiento varía según el estadio. En fases iniciales suele buscarse el control local, reforzar la higiene oral, usar enjuagues antisépticos, vigilar la evolución y pautar antibióticos si hay infección. Cuando existe tejido necrótico persistente con síntomas, puede indicarse desbridamiento quirúrgico para retirar el hueso dañado. En casos seleccionados se contemplan técnicas de regeneración y, como apoyo en cuadros complejos, la oxigenoterapia hiperbárica, siempre valorando beneficios y limitaciones.

No tratarla a tiempo puede implicar extensión del daño, dolor crónico, afectación de dientes vecinos y, en escenarios graves, la necesidad de resecciones amplias, además del riesgo de infección difícil de controlar. Incluso puede alterarse la función mandibular y la calidad de vida por la dificultad para comer.

La prevención es el punto decisivo. Antes de iniciar tratamientos antiresortivos se aconseja una revisión dental completa y resolver caries, infecciones o problemas periodontales, idealmente antes de comenzar la medicación. Durante el tratamiento, conviene evitar cirugías invasivas cuando haya alternativas, comunicar siempre el historial médico y mantener controles periódicos. Tras radioterapia o intervención, una herida que no cicatriza o un dolor persistente deben evaluarse cuanto antes. En pacientes de riesgo, la coordinación entre el dentista y el equipo médico que prescribe la medicación ayuda a elegir tiempos, alternativas y medidas de protección.

La necrosis ósea maxilar no es inevitable, pero exige vigilancia. Un enfoque preventivo, y una detección temprana, pueden evitar que el hueso, literalmente, se apague en silencio.